miércoles, 23 de abril de 2014

Ya he leído muchas entradas y pienso: ¿por qué necesito darle un contexto a lo que estoy escribiendo? No vengo de ninguna parte, no estoy en ninguna parte, no hay un lugar definido para que me posicione desde él. La mente no hace introducciones, admite y desmenuza las ideas sin previo aviso (sin embargo, ahora pienso que ese pensamiento me sirvió, precisamente, para introducir y que ese mal aqueja a quienes escriben). Los comentarios y lamentos de otros vagan indistintamente por mi cabeza y se entrecruzan: Dios como esa inmensa idea salvadora, esa ella dedicándole desgarradoras frases a otra ella, la guerra biológica (y mi pánico de morir así), la cordillera que no logra hacer de la ciudad un lugar menos asqueroso, los trabajos que no dignifican (y la joven contándomelo mientras yo me quedaba quieta e impotente compartiendo la misma banca), los cuentos del espejo, del espacio y de la peluquería y el silencio, las polémicas en torno a la justicia (matar o no matar al gato del vecino), la mujer que no sabe qué es ser mujer porque su ser es en función de otro, las expectativas propias de la edad y los temores propios de la edad. Cinco personas de mi universo cercano de personas intentan recuperar su pasado para comprender su presente; ahora se hace inminente querer a alguien, asentarse con ese alguien y proyectarse con ese alguien. Entonces buscan, pero erran. En su intento de querer salvarse (o lo que creen que es salvarse) acuden a aquellos del pasado, toman con premura a aquellos del ahora y desestiman el futuro. Es una osadía pensar en el futuro, me digo. Pero hay grandes posibilidades en él (por ejemplo -un ejemplo no menor- el de la felicidad por sobre la mediocridad). Les digo eso, convencida de que así es, pero no escuchan, y no lo hacen porque temen. ¿Tanta tragedia les representa esta opción? El modelo de familia se cierne sobre sus cabezas como buitre que pronostica la próxima y temida muerte. Pero hay respuestas: relativismo cultural, desprendimiento del origen y la tradición. ¿Son respuestas o desviaciones fáciles? Son excusas en la medida en que sé que no me sirven. A mí sí, a ellos los perturba. No me entendiste y por eso no supiste estar conmigo, eso concluí la última vez que te vi, cuando dábamos cara al cielo estrellado y a túneles momentáneos. Creíste que era hora de volver a intentarlo, porque de seguro mi mentalidad variaría y se estandarizaría al crecer. Pero hay ideas de las cuales no se puede renegar, porque se pierde aquella sobrevalorada identidad. Entonces dejaría de ser yo y dejarías de querer estar conmigo (o tal vez no), aunque esta vez me entendieras. Son barreras irreconciliables tu mente y la mía. De todos modos he dejado de pensar en eso ahora mismo, y quiero detenerme en aquello del frío y los pájaros. Ella escribe eso y me desconcierta. Nunca la había leído y no sabía qué tipo de mente era a la que me enfrentaba, pero ahora puedo vislumbrar una forma. Iba a decirle algo pero dejé de encontrar una bondad absoluta en ella. Qué decepción y cuánta necesidad de bondad, de admirar bondad, tengo. La fiebre aumenta y declina mi ánimo de escribir. Chao (elijo chao porque nunca lo digo y quería que se condijera con este estilo de entrada que jamás antes había escrito).

1 comentario:

  1. Si tan solo entendiéramos que "la vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir" todo sería distinto...

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